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En el primer aniversario luctuoso de José Alberto Mujica Cordano, volver la mirada hacia su vida no implica únicamente un ejercicio de memoria política, sino un acto de reflexión sobre las formas en que la resistencia humana se articula en contextos extremos. En este sentido, el cine se presenta como una herramienta privilegiada para comprender aquello que los relatos históricos convencionales no siempre alcanzan a transmitir: la dimensión íntima de la experiencia. La película “La noche de 12 años” (Álvaro Brechner, 2018) se convierte así en un dispositivo narrativo fundamental para reconstruir no solo un episodio del pasado reciente uruguayo, sino una pregunta persistente sobre la condición humana: ¿qué sostiene a un individuo cuando todo lo demás ha sido despojado?
La cinta sitúa su núcleo en tres figuras del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros —Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández Huidobro y José Mujica— en el contexto de la dictadura uruguaya instaurada en 1973. Tras la derrota del movimiento insurgente, los tres son capturados y convertidos en rehenes del régimen militar, en una estrategia que buscaba no solo sancionar sino ejemplificar el destino de quienes desafiaban el orden establecido. Nueve prisioneros fueron seleccionados para este propósito: su supervivencia o muerte quedaba sujeta a la conducta de la insurgencia exterior. Este mecanismo revela con claridad la lógica del poder en contextos autoritarios, donde el uso de la violencia no es únicamente físico, sino profundamente simbólico.
El encierro al que son sometidos no responde a una racionalidad carcelaria convencional. Por el contrario, se trata de una forma de aislamiento extremo caracterizado por la incomunicación, los traslados constantes, la privación sensorial y la anulación sistemática de la identidad. La película muestra cómo el aparato estatal despliega su monopolio de la violencia no solo sobre los cuerpos, sino sobre la conciencia.
La pérdida del lenguaje, la imposibilidad de ubicar el paso del tiempo y la fragmentación de la percepción constituyen parte de un proceso orientado a destruir al sujeto desde dentro. Es en este punto donde emergen categorías analíticas relevantes desde las ciencias sociales, particularmente aquella que refiere a formas de guerra que trascienden el campo de batalla tradicional. Lo que hoy podría denominarse una forma temprana de “guerra de cuarta generación” —donde la disputa ocurre en las dimensiones cognitiva, psicológica y social— se hace visible en esta experiencia: el objetivo es quebrar la voluntad, desarticular la identidad y transformar al enemigo en una entidad incapaz de resistir.
Sin embargo, la película no se limita a retratar la eficacia de estos mecanismos, sino que introduce su contrapunto más profundo: la persistencia de la utopía. Contrario a lo que podría suponerse, la utopía no aparece aquí como un proyecto político abstracto o como una promesa futura, sino como una práctica concreta de supervivencia. En condiciones donde la libertad material ha sido anulada, los protagonistas construyen formas de libertad interior que se sostienen en la palabra, la memoria y el vínculo humano. La poesía de Rosencof, los gestos mínimos de comunicación entre muros, la resistencia simbólica al silenciamiento configuran un espacio donde lo humano persiste.
Este elemento resulta central para comprender tanto la película como la figura posterior de Mujica. La utopía no es presentada como ingenuidad, sino como condición de posibilidad. Sin la idea de que otro mundo es posible —incluso cuando todas las condiciones parecen negarlo— la resistencia pierde sentido. La película muestra que resistir no es solamente soportar, sino dotar de significado al sufrimiento. En este sentido, la libertad deja de ser entendida como una situación externa y se convierte en una construcción interna que no puede ser completamente capturada por el poder.
La noción del tiempo juega aquí un papel fundamental. La idea de una “noche” que se prolonga durante doce años no solo funciona como metáfora del encierro, sino como una alteración radical de la experiencia temporal. Los protagonistas pierden la noción de los días, de las estaciones, de la continuidad de la vida. Sin embargo, en esa distorsión también emerge una forma distinta de habitar el tiempo: no como espera pasiva, sino como acumulación de resistencia. La imagen puede evocar, en términos simbólicos, la obra de Salvador Dalí “La persistencia de la memoria”, donde los relojes parecen derretirse y la estructura temporal se disuelve. En ambos casos, el tiempo deja de ser una medida objetiva para convertirse en una experiencia subjetiva profundamente condicionada por el entorno.
Uno de los elementos más potentes de la narrativa es la manera en que la relación entre lo civil y lo militar se desdibuja en ciertos momentos. A pesar de la estructura rígida de la represión, existen instantes donde carceleros y prisioneros se reconocen como seres humanos. Estos encuentros, aunque fugaces, revelan una dimensión que el poder no logra controlar por completo: la posibilidad de empatía. Este aspecto resulta particularmente relevante desde una perspectiva de relaciones internacionales, ya que cuestiona las narrativas que tienden a reducir los conflictos a oposiciones absolutas entre “enemigos”. La película sugiere que incluso en contextos altamente polarizados, la condición humana introduce fisuras en los sistemas de dominación.
Asimismo, resulta pertinente observar cómo la experiencia retratada se inserta en dinámicas más amplias de América Latina durante el siglo XX. La región estuvo marcada por ciclos de inestabilidad política que incluyeron procesos de independencia, revoluciones, guerras civiles, dictaduras y transiciones democráticas incompletas. Estos procesos no pueden entenderse aislados de factores externos, particularmente la influencia de potencias que intervinieron directa o indirectamente en la configuración política de los Estados. En este contexto, los movimientos revolucionarios emergieron como respuestas a condiciones estructurales de desigualdad y dependencia, pero también enfrentaron límites y contradicciones internas. La película no aborda exhaustivamente estos elementos, pero sugiere su presencia, permitiendo al espectador situar la historia en un marco más amplio.
Otro concepto que puede ser problematizado a partir de la obra es el llamado “dilema del prisionero”, ampliamente utilizado en teoría de juegos para explicar decisiones bajo condiciones de incertidumbre. En su formulación clásica, se plantea que los individuos actuarán de manera racional en función de maximizar sus beneficios, incluso si ello implica no cooperar. Sin embargo, la experiencia de los protagonistas parece desbordar esta lógica. En condiciones extremas, donde el cálculo racional pierde sentido, emergen decisiones basadas en valores como la solidaridad, la dignidad y la esperanza. La película demuestra que existen dimensiones de la acción humana que no pueden reducirse a modelos abstractos.
La figura de Mujica adquiere aquí una densidad particular. Su tránsito de prisionero político a presidente de Uruguay no es presentado como un salto abrupto, sino como una continuidad marcada por la experiencia de la resistencia. Su discurso posterior —caracterizado por la austeridad, la crítica al consumismo y la centralidad de la dignidad humana— puede leerse a la luz de este pasado. No se trata de idealizar su figura ni de posicionarlo en términos simplistas dentro de categorías como el populismo, sino de comprender la complejidad de su trayectoria. La película contribuye a esta comprensión al mostrar el proceso a través del cual se configura una subjetividad política.
No obstante, la obra también presenta limitaciones. Su enfoque en la experiencia individual de los tres protagonistas reduce la visibilidad de otros actores que formaron parte tanto de la represión como de la resistencia. En particular, la ausencia de una perspectiva más amplia sobre el papel de las mujeres o sobre las dinámicas internas del movimiento Tupamaros puede considerarse una debilidad en términos de representación. Asimismo, la simplificación de algunos elementos del contexto político podría llevar a lecturas parciales si no se complementa con otras fuentes.
A pesar de lo anterior, la película logra un equilibrio notable entre lo estético y lo político. Su lenguaje visual, austero y contenido, refuerza la sensación de encierro y transmite de manera efectiva la experiencia subjetiva de los personajes. El silencio, los espacios cerrados y la repetición de situaciones generan una atmósfera que permite al espectador aproximarse, aunque sea parcialmente, a la vivencia de los protagonistas. Este recurso no es menor: en lugar de explicar, la película hace sentir.
En última instancia, “La noche de 12 años” interpela directamente el presente. En un contexto global caracterizado por la incertidumbre, la fragmentación y el debilitamiento de los proyectos colectivos, la historia que narra adquiere una relevancia renovada. Las utopías, entendidas como horizontes compartidos, parecen haber sido desplazadas por lógicas de corto plazo que priorizan la gestión inmediata sobre la construcción de futuros comunes. Frente a este escenario, la experiencia de los protagonistas ofrece una lección fundamental: la utopía no es un lujo, sino una necesidad.
Recordar a Mujica en su aniversario luctuoso desde esta perspectiva implica reconocer que su legado no reside únicamente en sus acciones políticas, sino en la forma en que encarnó una manera de entender la vida y la política. La capacidad de perdonar, de construir desde la adversidad y de mantener una visión del mundo basada en la dignidad humana no surge en el vacío; es el resultado de una experiencia que puso a prueba los límites de lo humano.
Así, la película no solo reconstruye el pasado, sino que propone una reflexión sobre el presente y el futuro. Nos obliga a preguntarnos por nuestras propias formas de resistencia, por los valores que sostenemos y por la manera en que imaginamos el mundo. En un entorno donde la incertidumbre parece haberse convertido en una condición permanente, recuperar la capacidad de imaginar colectivamente se vuelve un acto profundamente político.
Porque, al final, lo que “La noche de 12 años” deja claro es que el poder puede controlar cuerpos, administrar el tiempo e imponer el silencio, pero no logra dominar aquello que se construye en la conciencia. Y es precisamente ahí donde la utopía encuentra su espacio más resistente. En esa persistencia, silenciosa pero firme, es donde el recuerdo de José Mujica adquiere sentido: no como una figura del pasado, sino como la evidencia de que incluso en la noche más larga, seguir imaginando un mañana distinto es, en sí mismo, una forma de libertad.
Fuente de consulta
Brechner, Álvaro (Director). (2018). La noche de 12 años [cinta cinematográfica]. International Pictures.


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